miércoles, 28 de diciembre de 2011

Relato del fantasma

Estaba yo en la iglesia, la misa de las 10 am más precisamente, cuando de repente un extraño abrió la puerta. El ritual ofrecido a nuestro Santo señor era privado entre los funcionarios de la iglesia, celebrabamos la gran caridad que habían tenido nuestros seguidores y el pago efectivo del diezmo a manos de más del 60% de la población católica.

-¿En dónde está el doctor? quiero ver cuáles son los métodos que está usando para la rehabilitación de los pacientes-

De inmediato, recuerdo que el sacerdote se paró de su silla con ademan de odio, algo extraño en una figura tan carismática pero tenía razón en su mirada, la misa ofrecida era sagrada como para que alguien irrumpiera en ella, alguien que no fuera parte de nuestro gremio.

-Señor, las atenciones a indigentes son más tarde por favor déjeme terminar con la santísima misa-

-NO!, no señor, ¿cuál misa ha de decirme usted? ¿cuál misa está siendo ofrecida a estos pobres niños, a estas madres desgraciadas? mírelos usted mismo, están llorando implorando piedad; para ellos dios no existe-

-¿Qué está loco o qué? ¿acaso no ve que aquí sólo hay unas sillas de madera y gente que lo mira con extrañeza?-

-Decidme, si no es acaso cierto, que yo seré mentiroso si he de equivocarme, que en este mismo lugar que tú has de llamar santo; murieron miles de niños y madres que se encontraban en un frenopático, ahora tú has de rezar encima de sus tumbas a manera de burla de tan semejante agravio, te burlas de la tragedia y también del llano, miserable sacerdote que tus oraciones tarde han llegado-

Quedé yo sorprendido al ver que en menos de un suspiro el alma que había dentro y a la mitad de la parroquia, desapareció repentinamente como si en realidad hubiese sido una visión colectiva. Nuestro padre nos miró a todos mientras sus cejas y rostro se deformaba, casi de él salen unas lagrimas pues imagino que estaba humillado ante esas palabras dichas; cuando mi sospecha iba a ser confirmada nos dirigió la voz y dijo.

-Señores, salid de aquí, me he dado cuenta que mis oraciones han llegado tarde...-

........

La historia comienza de esta manera. Nadie supo nunca el desprecio tan infinito que yo tenía a mi hermosa y mala madre, que sus lloriqueos ya me tenían más que traumado y a la misma vez admirado. Desde niño, desde que tan sólo era un pequeñajo ni siquiera con 10 9 u 8 años vivía torturado por una enorme bestía apócrifa para mí que maltrataba a mi madre todas las noches que tenía oportunidad, supuestamente aquella bestía debía llamarla como "papá" pero no era así, yo no me atrevía a dejar salir de mis labios alguna palabra que me relacionase sentimentalmente con tal señor, pues de sus puños y palabras salieron los demonios que siempre me atormentarían pese a que mis 11 años dejé de verle tan de seguido y luego se tornó él mismo alguien más sosegado. Si que yo os digo la verdad, que no miento que en las noches de invierto y otoño llegaba ella con sus ojos encharcados, eran agua para muchos para mí yo veía más que agua en esos ojos de cristal; veía la más pura sangre incluso más pura que la de jesucristo.

Me negarás, que es más sagrada la tristeza de una madre que la del propio dios...di lo que quieras, no me importa ya escucharos, he estado demasiado tiempo guardándome estas historias y no perderé mi tiempo en poneros algo de atención, sólo lee imbécil o deja de leerme y echadme al olvido. Las noches más siniestras y oscuras, se daban en rústicas camas aledañas donde solíamos dormir ella, mi hermano y yo, mi hermano que fue siempre para mí el ausente de sus locuras nunca tuvo voz dentro de lo que pasaba en las noches frías y ni quiso tenerla pues era yo o mejor dicho soy yo el encargado de consolarla cada vez que se pone triste. El acto comenzaba cuando el sol su enorme ojo vigilante ocultaba y parecíase que dios quítase toda protección de la faz de la tierra, en ese mismo instante en el que el reloj parecía detener sus segundos empezaban algunas de las disvariedades de esa mujer maltratada por una bestía implacable, empezaba primero a lanzar oraciones al aire como suplicando piedad a todos los dioses aunque sé que ella sólo creía en uno. Lanzaba padre nuestros, ave marías y luego de haberse cansado de decir quizás tanta porquería se echaba en su cama quejándose que no quería hacer nada más que extenderse allí y pasar la noche, hasta cuando pasaba eso yo era tranquilo ella solía de noche rezar y luego también echarse a dormir; las cosas tornabanse más oscuras cuando era ya de tarde hora en la que se supone todo el mundo debería estar durmiendo sin protestar y ella estaba en su lecho aledaño al mío, llorando y diciendo cosas inaudibles.

En ocasiones escuchaba como hablaba con su madre ya fallecida, otras veces como le rogaba a mi padre que hiciese lo que ella pedía, aquellos actos me tenían bastante preocupado, era quizás la simplesa más grande del mundo a comparación de otras locuras pero yo de niño a esa edad tal cosa no concebía. Para mí sus lamentos a la luna eran más que simples palabras, eran como caballeros del sonido que se arrastraban a la mitad de la noche usurpando mi sueño y tranquilidad, recuerdo tanto que en el techo de la casa donde entraba una leve luz cada vez que transitaba un vehículo en la calle y que yo aterrorisado esperaba ver entre ese pequeño lapso la cara derruída de mi madre adorada. Al día siguiente si nada se hacía al respecto se podía repetir de nuevo el ritual sólo que de día pareciese como si ella fuera de lo más normal, busqué muchas veces personas que me creyeran pero era tal la felicidad y naturalidad de ella en el día que sinceramente las personas que llegaron a escuchar de mi boca tales narraciones nunca se dejaron llevar por la veracidad de ellas, algunos me voltearon su cara, otros sus ojos pero ninguno de ellos podía creer en mis palabras. No la veían como yo deprimida, vuelta una mierda en las noches. Pero igualmente ninguna locura era perfecta, y había algo que denotaba rareza en su forma de actuar y es que de día mi madre era una distraída completa; abstraída del mundo sin ponerle cuidado a casi nadie el problema el único maldito problema es que nadie se daba cuenta de ello, todo el mundo pensaba que sus distracciones simplemente eran por mantener su cabeza pensando en otros asuntos. Y es que muchas veces la gente no se da cuenta que una distracción, un simple pensamiento es mucho más que eso, en sus ojos lagrimientos e hinchados se veía que esos pensamientos se convertían en realidades. Nubes que se deslizaban ante sus ojos y sobrevolaban la cabeza de las personas que veía, así siempre lo pensé yo.

Pasados los años me hice un poco indiferente a sus sentimientos, de cuando estaba en aquel estado y creí simplemente que todos aquellos actos eran nada más un llamado de atención que me hacía ella o el destino para que estuviese más con ella, mi hermano se fue de la casa y yo quedé solo con ella. Las cosas entonces comenzaron bien a pesar de haber tenido mi madre otra gran perdida aparte de la de su madre muerta, las cosas iban bien pero a la misma vez muy mal; ahora ya no era ella la que se enloquecía en las noches, no era ella abordada por espectros maléficos. Ahora era yo. Sí, yo, lector. Que en las noches escuchaba llorar a mi madre pero nunca lo hacía en verdad, la escuchaba decir disvariedades pero en la mañana ella decía que quien las decía era nadie más que yo; me preguntaba que por qué decía esas cosas. Cuál era mis motivos, mis razones para decirlas como si de su boca jamás se hubiera escupido alguna locura semejante a la mía, poco a poco comencé a enloquecerme pensando que ella me estaba jugando una mala pasada, pensando que ya estaba cansada de ser tratada como una mujer desquiciada y queríase que yo viviera lo mismo. A medida que pasaba el tiempo sus lloriqueos se hacían más y más fuertes, y encontrarle alguna especie de distracción en el día se tornaba mucho más imposible, todo se convertía en un grandísimo infierno nocturno para mí.

Todo el mundo vivía contento con el dormir pero para mí, érase una tortura completa, sabía que despertaría y que recordaría los hechos de la noche como algo veraz de lo que nadie en el mundo tendría siquiera evidencia, no se lo podía contar a nadie ahora si que menos; ya de todas formas la mayoría de personas dudaba de mi cordura y en ocasiones la solían poner a prueba esos desgraciados. Pensé entonces en una noche de otoño que lo mejor que podía hacer para mi bien y el bien de ella, que según mi perspectiva seguíase más mal que nunca, era asesinarla. Si, darle paz de una buena vez para que dejase de llorar en las noches y decir algunas incoherencias en el día, para que dejase de rezar el rosario cada vez que entraba el atardecer; eso era lo mejor que podía hacer para los dos. De seguro ella encontraría paz sin volver a ver nunca a esa bestía que tanto daño le hizo.

Pues si, una noche cualquiera mientras ella lloraba me posé enfrente de ella escondiendo a mis espaldas un cuchillo de cocina, me acosté junto a su espalda y la abracé lentamente rozando el arma blanca a su cuello; dejando entonces sentir como se regaba ese líquido que para mí era igual a sus lágrimas. Ya estaba acostumbrado a verla llorar, era como verla sangrar o en este caso sentirla, su llanto fue deteniéndose poco a poco hasta que dejó de escucharse, en la fría noche asesiné a mi madre y dormí con su cadáver diciéndole al oído todas las consolaciones que de niño le decía. Finalmente le dije que era lo mejor que yo podía haber hecho, en la noche mi vieja encontró su consuelo.

Al día siguiente me levanté e intenté recordar donde era aquella clínica donde atendían a madres y a niños, y me dirigí hacia ella. Cuando llegué al lugar fue como si ya hubiesen pasado más de mil años, pues allá había una iglesia muy diferente a lo que había cuando yo tenía 10 años, a pesar de haber pasado sólo 4 años; abrí fuertemente la puerta y encontré a un sacerdote oficiando la santa misa. Le pregunté sobre el frenopático que allí había y respóndiose tan feo que decidí darle final a este cuento desapareciéndome en la misma escena.

Ya era yo, un simple fantasma, después de la noche en que maté a mi madre y a mi alma.
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