Malditas sean las armas de fuego y estaño
que en este siglo el infierno desataron,
que de la época medieval y valerosa nos separaron
y ahora cuanto caballero valiente han asesinado.
Sólo basta de un ser acorbadado
a una distancia segura muy escondido, astuto y mal intencionado
que deje salir una bala por los aires volando,
para que la mente de un inocente termine de lado a lado cruzando.
Estos hombres,
seres tan miserables que de la muerte de sus víctimas poco han de sentirse responsables,
ven a su presa retorcida en el suelo
y no dudan a dar otro daño directo.
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