lunes, 14 de abril de 2014

El viaje del hombre ideal

Los árboles lanzaban sus tentáculos hacia el cielo, gran záfiro vacío. Las arañas corrían entre las esquinas ocultas de cada una de las ramas y raíces. La tierra molida bajo enormes portones formados por los pies de los troncos; la idea de tocarlas era simplemente escalofriante. En ocasiones se solía confundir a una de dichas plantas con un ser de varias extremidades inferiores con dificultades para mantenerse en pie. Una canoa irrumpía el llorar de los bichos, el compás dado por quien remaba tornaba dicho lamento a una orquesta lóbrega y abandonada en medio de un hóstil y abandonado ambiente. El pantano, materialización natural del olvido, se chocaba con los ojos de un estupendo aventurero de sentimientos duros, alma de roca, valentía de David y cuán más cualidades pudiese tener un auténtico explorador. Levantaba la vista, miraba a la deriva, sin miedo a encontrarse en algún rincón con alguna criatura desconocida, acompañado únicamente de su propio espíritu; el explorador daba un tributo en silencio a todos aquellos que en algún tiempo descubrieron tierras nuevas y escribieron los mapas.

Lentamente avanzaba sobre el manto de agua, tranquilo era el marcar del compás, con casco de viajero el maestro de la batuta no tenía intención de recordar el ritmo que causaba. Por el contrario, la espalda un poco arqueada y el pecho pronunciado denotaban una búsqueda de algo mucho más minucioso que la música de la naturaleza. Lejos podría ser una palabra que describiera el origen del navegante, pero no venía de lejos ni de cerca, ni de allá ni de acá, era amante de las rutas y provenía de cada grano de polvo de los caminos cruzados. Buscaba en dicho lugar, algún rastro de un resto de su propia alma. La vista se mueve repentinamente ante el sonido que interrumpe la obra inconsciente, no era el llanto de un grillo o algún bicho, un extraño movimiento puede divisarse ante la bruma que está en la lejanía. La sombra de un algo se refleja claramente sobre el manto blanco que sale del agua fría, buen explorador que controla sensaciones, se acerca lentamente sin dejar notar algún gesto de sobresalto; es tranquilo y pasivo, pues no quiere dejar escapar lo que ha encontrado. 

Sigilosamente se acerca al lugar donde el ruido y la sombra se combinan en un mismo ser. 

Quién no tiene espíritu de aventurero, podría decirse que ha dejado de ser humano. Hacía unos cuantos meses, un hombre de saco gris y corbata bien ajustada, convivía con su esposa e hijos felizmente en una casa con buen trabajo y buen salario. Los estudios prometían una estabilidad económica para su pequeño equipo, su pequeña organización, los estudios afirmaban con seguridad la fidelidad de una mujer, quizás hasta el mismo punto de la terrible sumisión, los estudios...los estudios. Un hombre de horario demasiado apretado, agenda con pocas oportunidades para observar el záfiro vacío del cielo. Aplicando fuertemente sus cálculos y análisis se acreditaba a su trabajo algunos títulos de pregrado, posgrados y doctorados. Los algoritmos estaban acomodados a la perfección, los procedimientos se habían plasmado en su mente de ejecutivo. El hombre ideal. En una de esas tantas noches de trabajo duro, eran quizás las 12 o 3 de la mañana, agotada la mente de tanto pensar y estar encasillada; aprovechó que los ojos estaban cerrados y tomó el poder de la rebelión. Un hombre ideal, en una cama ideal, en la casa ideal, con la mujer ideal, con todo en esta vida ideal quedo a la deriva de la imaginación, que jamás será o no será ideal. La mente reclamaba su terreno ante sus horrorosos mapas mentales impuestos por estudios, calificaciones y estatus social. Se desplegaron los ejércitos, angeles y demonios, duendes y personajes de cuentos de niñez; rompieron paradigmas y maneras de proceder. La luz y el reloj se paralizaron dicha noche, el amanecer fue eterno. Las mismas moscas se inmovilizaron en el mismo acto de succión de la sangre de sus venas secas. 

Un diagnóstico de la forma, el distinguir las extremidades y lugar de otras partes darían como resultado que la sospecha era cierta. Se podría entonces desenvainar el otro rol de un aventurero, su parte sangrienta, su poder de juzgar lo desconocido y acometer contra él sin piedad alguna. La niebla se disipó dando paso a la pequeña embarcación; la sombra desnudó a una mujer con rosas blancas en su cabeza, una enorme bata y ojos cerrados. Pies descalzos posados sobre el pantano; las arañabas tejían sus casas sobre los dedos de sus pies; ancianas de gran técnica explicando a la doncella sus dotes de costura, haciendo que el manto que la cubría pudiese ser cada vez más largo. Con cuchillo en mano y el gorro de aventurero cayendo al agua, hundiéndose en su espesura, hombre y mujer quedaron paralizados como un monumento que muestra la traición hacia la belleza. 

La corbata parecía estar demasiado ajustada esa noche, ¿pero qué digo? si era de noche y nadie usa corbata al dormir. Así lo sentía quien daba vueltas sobre la cama, sus algoritmos se resquebrajaban lentamente; la cabeza se ponía más caliente y la sangre palpitaba en la sién como si fuese un remo rozando la superficie de un río. Todas las reglas se rompían, pronto el hombre despertaba con su cuerpo helado y un pensamiento terrible de haber superado todo lo que se le había enseñado por vida. Con el miedo a morir, desde su cabeza salió una orden hacia su mano, pedirle ayuda a su amada quien estaba junto a él; la mano accedió. Se desprendió del brazo, se colocó un gorro de aventurero; esta vez era algo así como uno para invierno. Una chaqueta cubría sus cinco dedos, comenzó a caminar hacia una gran montaña que se divisaba a lo lejos. La ruta era sencilla pero se debía cruzar una enorme ventisca que pasaba a lo largo de la cama; colocar una bandera sobre el hombro de una amada era el objetivo. En un principio se retrocedió varias veces obligada por el mismo viento frío; fue complicado hallar el patrón para poder esquivar las corrientes fuertes de aire, caminando sobre la sábana blanca se llegó a la base de la montaña. A partir de ahora era necesario hacer uso de los instrumentos para escalar, demostrando una grandiosa habilidad de supervivencia se hizo con un arnés y una cuerda improvisada en menos de diez ; la odisea comenzaba, demonios podrían acudir a la montaña y safarle alguno de sus anclajes, no habría ánimos para una segunda oportunidad, la mano sobre la sábana retornaría a las pesadillas y la mente quien le había dado órdenes olvidaría su mensaje desesperado al amanecer. 

Otra sombra parecía dibujarse junto a la doncella que llevaba rosas blancas sobre su cabeza, una mano que pretendía interrumpir el ataque. Justo antes que el cuchillo pudiese llegar siquiera a cortar el aire de la hermosa dama, una rama con cinco uñas largas apretó fuertemente la extremidad del asesino; el ataque cayó al pantano, el cuchillo fue tomado por las arañas quienes pudieron devorarlo con su veneno. No era el filo suficiente, no era la agilidad suficiente. La destreza y el ímpetu quedaron atrás, no se podía ser pasivo ante el fracaso; no existían otras armas para defenderse. Un giro rápido del reloj concluyó con un hombre atemorizado en una canoa y una sombra, que se hacía cada vez más grande, aparecía detrás de la doncella. La mujer abrió sus dulces ojos, mas cuando terminó de abrirlos el hombre había sido atravesado en su boca por una enorme rama. Quizás lo desconocido había sido más paciente, quizás quien era explorador no se había movido ni un sólo momento ni tenía la mirada confiada, quizás las cosas que nos rodean no necesitan ver para querer y poder espiar. La sangre siguió las irregularidades del tallo, subiendo en curvas por la rama homicida se colgó frente a la mujer de la cabeza llena de rosas blancas, pudo darles el color distinguido de su pasión.

Por otra parte la mano había sido empujada por una fuerte ráfaga de viento, se había traicionado a la belleza de los sueños y ahora era el precio justo. Dicho sujeto lleno de paradigmas con su mente consumida por sus propios sueños no pudo llevar a cabo un procedimiento de asesinato ni haciendo uso de sus mejores cuchillos de conocimiento. Sus sueños, hermosos y dibujados en un tranquilo lugar le habían asesinado, había sido incrédulo ante ellos y esa era su manera de pagarlo. Amaneció y el sol dio a sus ojos, las pestañas abiertas podían evidenciar unas pupilas con un color mucho más oscuro. Ante muchos podrían ser los mismos ojos, idénticos a los que tenía cuando nació.

Mas la realidad era que su mano quien rogaba por ayuda había muerto intentando subir el tronco de su amada; siguiendo las órdenes de una mente traicionera que ahora yacía difunta en el fondo de un pantano espeso junto a un remo desvencijado de ideas impropias y una imagen denigrada de una canoa resquebrajada que ponía en uno de sus costados "El viaje del hombre ideal".

-José David León Rodríguez-

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