miércoles, 8 de enero de 2014

La desdicha del señor Frank

I: El Buen Hombre Avaro.


Elegante y de buen talante, el señor Frank con sus buenos ropajes anda todos los días por la plaza. Compra todo lo que se le viene a su gusto, aún si fuese innecesario. Desde comidas finas con sabores incomprendidos, hasta artefactos extraños cuyo uso es desconocido; no era más de esperar del hombre más poderoso de la ciudad, dueño de la fábrica de carbón. Como una oda a su negocio, Frank siempre llevaba un tabaco cubano en la boca. Iba caminando por la plaza de mercado, de nuevo digo, en su día de compras; con un smoking de color caqui, pantalones también del mismo color, corbata negra y camiseta blanca, la tradicional vestimenta de alguien de poder, su maletín tan aferrado a su mano que casi es parte de su cuerpo, una ceja de curva peligrosa que desafiaba a quien tuviera el atrevimiento de mirarle a los ojos. Como algo usual en la mayoría de los ricos, el señor Frank tenía sentimientos únicamente para sus negocios, había olvidado todo tipo de humanidad para con las personas que no significaban ninguna ganancia; solía ser amable en su junta directiva o con los inversionistas de su fábrica. Mas ahora, estaba en el mercado, simples plebeyos de grotezcas prendas, malos gustos, pésimo vocabulario, era una escoria necesaria para él. Compró sus alimentos haciendo uso de su espléndida arrogancia y se dispuso a regresar a casa.

Su casa, ¡Vaya casa!, la envidia más grande de cualquier habitante, con tres alas divididas, tres pisos de altura, cada uno contaba con baños lujosos y muchas, demasiadas puertas. Su patio era enorme, encerraba un bosque que asediaba la casa; era como si la madre naturaleza se arrodillara ante la suntuosidad de su vivienda. Las rejas oxidadas dieron paso a su limosina, llantas con rines de plata, color blanco, un motor prodigioso y celoso que no aceptaba cualquier tipo de gasolina barata; las llanas se deslizaron con el fango de la calle para emprender el viaje dentro de su bosque. Era tan gigante aquel lugar, que desde la entrada de la reja hasta la puerta de su casa se tardaba el chofer unos 10 minutos en llegar. Con sus zapatos de cuero pisó el suelo, un suelo que si pudiese hablar daría poesías de cuánta gente importante le ha maltratado. Abrió la puerta, atravezó el pequeño patio que separa a las 3 alas, traspasó el umbral de otra puerta y subió las escaleras; toda una locura de un hombre poderoso, un patio pequeño encerrado en un bosque por unas cuantas paredes, algo parecido a una jaula dentro de otra. El sol bendijo en esa mañana su estudio, donde el hombre, tacaño y avaro emprendía la labor que le mantenía rico. Inversiones, relaciones internacionales, decisiones y división de recursos. Era necesario ser demasiado cuidadoso para que todo girara como debía; bajo el sol matutino abrió los periódicos, todo demostraba una buena situación para su futuro. Tenía la manía de decirse a sí mismo "Mientras me quede un tabaco, tendré más carbón, mientras más carbón, tendré más dinero"; una superstición que calmaba su alma, puesto que era casi redonda, al tener dinero, podría comprar más tabaco y así se puede deducir que tendría dinero. Dejose caer sobre un asiento, descansó su espalda y frotó sus manos; se acaba el primer tabaco del día, era necesario encender otro, de su bolsillo hizo asomar la caja entera, sacó un cortador de otro, y un encendedor. Todo con una sincronía asombrosa, era un experto en los gajes de su vicio, en menos de unos cuantos segundos tenía encendido su tabaco. Alguien timbró al teléfono, era Rocio, su fiel secretaria; un imprevisto había acabado con el descanso del señor Frank.

II: Problemas Modernos.

Excedió en varias ocasiones la velocidad luego de la llamada de Rocio. Era algo gravísimo, lo ameritaba, uno de los inversionistas en su empresa había cambiado de opinión; quería que le devolvieran su dinero a toda costa y estaba histérico en la oficina del señor Frank. Sin ese dinero, la empresa perdería unas cuántas monedas de retorno de inversión; unas cuántas monedas significaban demasiado para el señor Frank. Llegó a su oficina sudando por la agitación, el hombre manoteaba al lado de su secretaria, casi parecía que iba a pegarle; el señor Frank dio la vuelta por un segundo y aspiró una enorme bocanada de humo, pronto el efecto llegó a su frenético cerebro calmando su ritmo de entrada.

-Buen día señor Leonidas- dijo, irrumpiendo la confusión de palabras que se había desencadenado entre la secretaria y el inversionista. 

-No son muy buenos para mí, señor Frank, sé que esto le molestará; pero es necesario que me devuelva el dinero. La explicación es breve, sin ese dinero quedaré en la ruina, lo necesito inmediatamente- 

La ceja encorvada y desafiente, tornose sumisa y mansa bajo las acusaciones del inversionista. Parecía en efecto que nada iba a convencerle de cambiar de opinión. Sin embargo, el señor Frank sabía cómo persuadir. Uno de los tantos talentos que tiene la gente adinerada. 

-Por favor, siéntese un segundo señor Leonidas, y cuénteme en detalle qué fue lo que le ocurrió-

Negado en un principio, el señor Leoindas quería guardarse sus pesares monterios para sí mismo, con la finalidad de no desenmascarar un hombre completamente diferente a quien era. Su orgullo se vio aplastado por las insistencias del señor Frank, su mente se vio atrofiada por un absurdo agurmento; el señor Frank insistió y convenció a Leonidas de no retirar su dinero puesto que si lo hacía, podría quedar peor de lo que estaba. Con la justificación de los intereses y el retorno a la inversión, Frank venció cualquier argumento del inversionista y además le ofreció su ayuda dándole dinero prestado. No era mucha la ayuda que se daba, hablando de dinero, siempre que se presta es peor el mal que se hace; un mal que el sistema hizo necesario. Aprovechando el sistema de préstamos establecido por el monstruo invisible, el sistema, Leonidas se fue contento de la oficina; con un cheque firmado en su bolsillo. Regresaría a casa con dinero. 

Un simple niño llorón, decía en su mente el señor Frank, alguien que no sabe invertir, que no está hecho para estas situaciones, que no sabe mantener la calma; el señor Frank estaba seguro que nada en la vida podría hacerle perder la compostura, siempre que tuviera en sus pulmones una gran bocanada de tabaco. La tarde comenzaba y el estómago de Frank también era ambicioso, por lo menos con el almuerzo, puesto que eran la 1 en punto de la tarde. De nuevo en su coche hacia la casa, donde esquisitos manjares estarían posados sobre su mesa; solo comería esa tarde pues su familia llevaba un par de semanas disfrutando de unas merecidas vacaciones, "solo" es mejor decir, debido a que todos los criados se encontraban en casa sin embargo para el hombre poderoso y rico, alguien que no tenga dinero además de no significar mucho, pasa a ser un fantasma; fantasmas de los que cuentan en las historias de terror aquellos que hablan y nadie escucha, aquellos que siempre llevan un dolor a sus espaldas.

Sobre la mesa larga donde se extendía el mantel más largo que he visto en mi vida, posaban platos de todo tipo de regiones; todos los tipos de carnes, sasonadas cada una con la mano del mejor Chef de la ciudad. Mas el señor Frank no comía de todo aquello, su derroche de poder era inimaginable, comía únicamente la mitad de un plato que él escogía a su propio gusto; lo demás era tirado a los criados y aún siendo así no era suficiente para arrasarlo con todo; lo que sobraba de las sobras de los criados era dada a los perros guardianes. Comiendo lo que acostumbraba, Frank se paró de la mesa y se dispuso a ir a su habitación, recostarse sobre un colchón similar a una nube y darse un rato para su siesta. No pensaba ir más a la fábrica ese día. 

III: Analogía Del Tabaco Y Las Minas De Carbón.

El señor Frank quedose dormido en poco tiempo. Los sueños son poesías....

"El humo de mi boca, 
espejo de mis ganancias, 
la ceniza que cae, las guerras ganadas;
batallo contra ejercitos, 
de colores negros,
son tinieblas inefables 
de un misterioso cuento.

Les revelo la luz, a cada uno de ellos
me agradecen bien, 
me dan dinero;
quienes batallan conmigo poco serán recordados,
pues más importante capitan que soldado no mandado.

Quema el tabaco,
que posa sobre mi boca,
como soldado que quema
su energía con la roca."

Al tiempo despierta el señor Frank, dándose de cuenta que era la hora justa para comer; bajo para de nuevo encontrarse con su manjar, comió lo que debía y subió a su cuarto. No quería hacer más ese día. Busco en su bolsillo, otro de los tantos tabacos, alguno fumó antes de cenar, pero no los he mencionado hasta ahora. Este tiene algo en particular, su ausencia; el señor Frank podría haber jurado que tenía en su smoking un tabaco más que le pudiera dar el descanso, se había equivocado. 

IV: Problemas Más Que Modernos. 

Al no tener tabaco en su bolsillo, las cejas del señor Frank dibujaron una angustia en su frente. Hacía mucho que no se quedaba sin un solo tabaco, hacía mucho que no sufría la necesidad tan indescriptible de no tener un vicio. En primer lugar su superstición le había traicionado, se había volcado contra él una paranóica idea; si no tenía tabaco era que no tenía suficiente dinero; al menos eso pensaba una persona ambiciosa y cegada como él, cualquier otro hubiese creído que era un simple descuido. Mas aquella superstición que torturaba la mente del señor más poderoso de la ciudad se tornó más hacia el miedo cuando observó la túnica negra de un hombre que se encontraba mirando hacia la ventana y fumando de su preciado tabaco. 

-¿Cómo carajos entró aquí? llamaré a los guardas de seguridad- gritó el señor Frank con la intención de ser escuchado. El hombre que vestía de negro justo a la hora del crepúsculo, pareció inmutable ante las amenazas del señor Frank. 

Frank irritado emprendió su búsqueda de ayuda, pero fácilmente se vio bloqueado por el manojo frío de la puerta que se había negado en cumplir su tarea. Intentó tirarla a puñetazos pero fue algo inútil; el hombre de la ventana seguía fumando de su tabaco lentamente, Frank lo observó por un instante...acogido por un sentimiento inexplicable se desplomó en el suelo y se arrastró como cucaracha hacia los pies del hombre misterioso. Imploró, la persona más poderosa de la ciudad, a que le diera una bocanada de su tabaco. Era ilógico que algo así estuviese ocurriéndole a quien tenía más poder en toda la ciudad, de repente Frank se dio cuenta que la bocanada de tabaco era lo que menos debería preocuparse. Sitió dos golpes fuertes en el pecho; una sombría sensación agarró sus pies, subió a su espalda y se desencadenó en su cabeza como un fuerte choque eléctrico. Le dejó en blanco y totalmente desgarrado; se veía a él mismo como el escritor del final de un libro, como quien hacía la última nota de una canción, o el actor que agradece antes que el telón se cierre. Toda obra de arte que se pueda relacionar con la vida, eran los finales que se presentaban ante el señor Frank. Ahora tenía sentido; quien fumaba su tabaco le estaba dando el privilegio o la maldición de morir. Ni todo su dinero, ni todas las personas que se encontraban bajo sus zapatos de cuero habrían siquiera sospechado que el tabaco había afectado el corazón del señor Frank. Simplemente le encontraron muerto, de infarto. Como en su vida, sus familiares, que aún poseían todo su dinero; se tomaron la molestia de hacer que el día de defunción fuese recordado por todos, llenaron la boca del señor Frank de las mayores ternuras y estupideces que se pudieran imaginar. Usaron su boca después de muerto para hacerle pasar por la mejor persona que había pisado la ciudad; cambiaron la historia para las generaciones futuras enterrándolo con una estatua de plata en cuya grabación aparecía "Progreso". La desdicha del señor Frank, fue haber sido querido después de muerto. 

V: Esclavo Del Silencio. 

Como todo hombre poderoso acostumbrado a los lujos, el señor Frank no estaba preparado para morir. Recuerda bien el viento que vio su deceso cómo se retorció solo en el suelo, mientras aparecían moretones puesto que se golpeaba con las patas de sus inmuebles; hasta sus mismos objetos pudieron pisotearle justo en el momento de morir. Ajeno a toda adoración se mantuvo el señor Frank, luego de morir despertose en una barca con el hombre que había robado su tabaco; en silencio permanecieron ambos, el de la túnica tal vez porque sabía que no tenía nada por agregar, el hombre rico porque se encontraba incapaz de hacerlo. Mas la desesperación no era parte de sus sentidos, se le había arrebatado; estuvo sentado en la barca donde se acercaron a una enorme puerta lujosa; alrededor de ella estaban muchos reyes que peleaban en parejas por una corona, carecían completamente de carne; eran los puros huesos quienes incoscientemente quitaban la corona de la cabeza de su compañero para luego colocarsela, el compañero respondía de la misma manera. Al atrevesar el umbral se escucharon trompetas de bienvenida, los mismos reyes que peleaban cesaron su riña para dar un gran aplauso. El señor Frank despertó en el cojín de su asiento de estudio, sin embargo, aquella espuma que algún día le había otorgado confort era ahora una laguna de espuma; no se lo explicaba, nadie podría creer que algo solido o medianamente solido como la espuma pudiera tornarse en algo líquido, Frank se estaba ahogando en aquella laguna; sin siquiera desesperarse se paró de su sillón para observar que se encontraba en un cuarto enorme con una alfombra roja en el suelo. Las paredes no podían visualizarse, se podía deducir por eso mismo que el cuarto era más grande de lo normal, una pequeña bombilla alumbraba la alfombra, el sillón y un armario desvencijado. 

Del armario se escucharon voces burlezcas de varias mujeres, entonces desde allí salió una criada muy atractiva completamente desnuda, tenía en sus senos tatuado los ojos de un felino; los sentimientos volvieron al alma de Frank, se sintió cautivado por los ojos de felino, más incluso por los buenos senos que tenía la criada. Acercándose a él con una botella de coñac en la mano y una copa en la otra, le ofreció un trago. Frank se negó a recibirla. La criada echó una carcajada de larga duración, rompió el silencio diciéndole: 

-¿Qué te pasa mi buen amigo de poder? te he dado mi hospitalidad y mi atención, mi cuerpo de buena mujer está ante tu vista; soy caritativa como para que me niegues un simple trago-

Frank se volvió a negar; estaba confundido, quizás no sabía que estaba muerto. La mujer continuó con su conversación: 

-Deberías beber un poco, dormir, quedarás a partir de ahora en un eterno letargo. Hagas lo que hagas hay una fuerza que te impide estar despierto- Dijo la mujer cruzando al lado de Frank y sentándose en el sillón sin siquiera ser absorvida por éste, parecía de nuevo haber recuperado su estado sólido. -Puedes tenerme aquí mismo, te doy mi cuerpo hombre poderoso, te doy mis ojos como si fueran una comunión; puedes tenerme aquí mismo, deshacer mi carne con tus garras, estrangularme es una buena alternativa si es que acaso eso mejora nuestra diversión-

Había algo en la criada que asustaba mucho a Frank, si, eran sus ojos de felino que se asomaban sobre sus senos. Aunque auténticamente se podía denotar que era un tatuaje, Frank sospechada por la irrealidad de las cosas que una bestia podería emerger del cuerpo de aquella mujer y podría devorarlo en menos de un instante. Se alejó de la mujer corriendo hacia los rincones oscuros del cuerto, sus sospechas fueron ciertas al escuchar que una pantera rugía a sus espaldas, por un momento creyó que le iba a alcanzar pero no fue así. Irónicamente su bolsillo aún tenía el encendedor de tabacos, apoyado en una pared decidió enceder la luz. 

VI: La Celda Y El Prisionero.

Cuando la luz pudo darse su espacio entre las sombras se desató una alucinación quizás peor que la anterior. Frank se encontraba al frente de una celda de barrotes oxidados cuyo fondo no se podía visualizar; sólo se escuchaban los susurros de alguien que habitaba allí dentro, al acercarse a iluminar el fondo de la celda una luz fue encendida desde adentro y unas manos sujetaron fuertemente sus pies. Las mangas de las manos vestían el smoking del día de muerte de Frank, logró soltarse rápidamente de la aprehensión. La luz del fondo iluminó gran parte de la celda para desenmascarar la horenda imagen del mismo Frank apoyado de cabeza, los pies aparentemente habían encendido la antorcha que se encontraba en la pared, con las manos había sujetado a su víctima; Frank se vio a sí mismo reflejado en una celda agonizante, en mala posición y con todo su alrededor rodeado del mismo mugre que tanto criticaba de los plebeyos. De su vientre chorreaba algo parecido a la sangre mas lo hacía sin siquiera haber alguna herida cercana; las paredes, todas estaban llenas de mensajes que aludían su adicción al tabaco, algunos de ellos escritos en otros idiomas pero en su mayoría comprensibles. El prisionero, o la copia de Frank, expresaba en aquellos mensajes el placer y la culpa que le daba el fumar un tabaco. 

-Dame, dame un tabaco, amigo- Dijo la copia de Frank, con su cabeza que miraba de forma sumisa hacia los ojos del verdadero personaje, la cabeza se encontraba en la posición de sus hombros. Es decir, estaba doblado hacía atrás, apoyando sus manos en el suelo y sus pies en la pared. 

Frank se negó a hacerlo de nuevo. El hombre de posición incomoda volvió a rogarselo hasta el punto que se hizo fastidioso. Frank había caído en la misma persuación que había utilizado para convencer a las personas, puesto que el prisionero le convenció de darle un cigarrillo. Sacó de su bolsillo el tabaco y se lo arrojó a la cara, la antorcha se apagó por un segundo y cuando volvió a encenderse el prisionero estaba gozando de su tabaco. Lo fumó de forma acelerada, no duró siquiera diez minutos en consumirlo, todo un record para alguien que consume tabaco. Al terminarlo tomó una pluma vieja que se encontraba a su lado y escribió un nuevo mensaje: "El hombre bueno y avaro, tuvo problemas moderno, fue un esclavo del silencio y me dio un buen tabaco. Ya no es tan bueno." al terminar de escribir le dijo a Frank que se fuese. Asustado por la escena nuestro personaje retrocedió unos cuantos pasos para escuchar el rugido de la pantera, que le hizo de nuevo moverse hacia delante. Desesperado, le rogó al prisionero que le dejara estar en su celda para sentirse cómodo. 

-¿Cómodo? ¿Está usted loco? la celda no me permite estar cómodo, me obliga a situarme de maneras incómodas para hacerle reír, me obliga a escribirle chistes en sus paredes. ¿Cree usted que yo escribiría tales cosas sin sentido? la celda quiere reírse de mi sufrimiento. Váyase, estoy seguro que no quiere dos bufones- 

El original se quedó observando por un instante, dudando de la cordura de su copia, dudando de siquiera el conocimiento que su copia tenía sobre el verdadero. Parecía en su actitud haber cambiado completamente, eran la misma cara, el mismo cuerpo, la misma carne y sangre pero a su vez no eran la misma persona. El silencio fue interrumpido por la risa de las rejas, pudo visualizar en ellas la sonrisa más diabólica que se había contemplado, sus dientes negros eran el oxido de las barras que le separaban del prisionero. Su boca sucia expedía ese olor a rancio y todas las suciedades que daban esa asquerosa cloaca. Sin importarle la pantera Frank salió corriendo hacia otro rincón diferente para encontrarse con que había un interruptor. Sin pensarlo dos veces le encendió, la sorpresa que se llevaría sería mucho más impactante para él que las dos primeras visiones. 

VII: La Revelación. 

 Atónito, esa es la única palabra que puede describir la sensación del señor Frank cuando se dio cuenta que el lugar donde estaba era su propia casa. Había sin embargo algo diferente en ella, en vez de cuartos habían muchas celdas y cavernas de donde se extraía el carbón; en el centro se podía ver a la mujer durmiendo, cansada por una persecución fallida, las manos de la celda de donde provenía se escondieron. El prisionero gritó, la pantera se despertó, regresó a su armario con su botella de coñac. Frank tardó en recuperarse del impacto de saber que estaba en su propia casa, ¿dónde estaban sus criados? no había nadie que pudiese verlo o saber de su existencia. Además de la pantera escondida en el armario, con facha de mujer, y del prisionero copia de sí mismo se escuchaban obreros trabajando en las minas de carbón. Desesperado por saber qué ocurría subió las escaleras al segundo piso donde tropezó con un trozo de carbón. Sin boca ni ningún otro organo humano, se escuchó una voz que provenía del fondo del carbón. 

-Ni soy tinieblas, ni sos un guerrero, eres más que un cobarde que huye de la pantera negra y de sí mismo. No sois capitan de grandes ejercitos, ni nadie te paga por tu valentía; eres un cerdo podrido capitalista, aprovechado de las circunstancias del mundo actual, de las estrategias y estafas del sistema. No hay guerra, ni soy enemigo, ni tampoco tienes un solo tabaco en el bolsillo- Terminó su conversación el pedazo de carbón con una risa sigilosa casi inaudible. 

Una lágrima se deslizó por la mejilla de nuestro personaje. Por fin, alguien en su vida, quiero decir muerte, había sido capaz de decirle las cosas como eran. Su avaricia, su orgullo, su ceja encorvada y desafiante no pudieron hacer nada contra tan letal argumento. Frank se echó al suelo acompañado de aquel carbón, la luz se apagó y todo a la vista se nubló. Nuestro personaje estaba dispuesto a pagar la condena de quizás un dios o peor aún, la condena que él mismo había preparado para su muerte. 

Los pianos retumbaron en los oídos de los habitantes que acompañaron la celebración funebre hasta el cementerio, algunos se dejaron llevar por los mensajes inventados y las melodías que no daban lugar para recordar aquel bastardo. Johan Bach fue el culpable que todos se sintieran un poco apesadumbrados; no era el mejor hombre de la ciudad pero aún así todos estaban llorando. Los gusanos se darían el mejor de los manjares al probar una carne que devoraba todos los días comidas de otras regiones. Apostaría que uno de esos gusanos comería un buen trozo de caviar o un buen trago de vino. Las personas que estaban allí afuera ignoraban la desdicha del señor Frank, sus pesadillas, su condena, se empeñaban en creer que estaba en un lugar bendito para los avaros, donde una vida intranquila y llena de insolencias le daría a ese hombre rencoroso el premio por haber sido así, el cielo le llaman en algunas religiones, nadie en el mundo se atreve a pensar que alguien puede ir al infierno aún así sea el más despiadado hombre que haya pisado la tierra. La falsedad funebre terminó y la fábrica fue divida entre los diferentes inversionistas. El imperio que alguna vez había tenido nuestro personaje se limitó a la calidad madedera de un ataúd. 

Entre la oscuridad nuestro personaje escuchó la voz del pequeño trozo de carbón, quien le propuso un trato que le sacaría de su propia casa tenebrosa. 

VIII: La Muerte No Es El Fin. 

Despertó de nuevo Frank, ahora bajo otro nombre mucho más inusitado para una persona de alto talante. Resulta que ahora se llamaba Alberto y en su mano tenía un pequeño trozo de carbón que había acabado de picar; con la necesidad de hambre en su estómago y muy cansado se dispuso de nuevo a levantar una herramienta que llevaba a su lado para arrancar de la piedra más carbón. En medio de su trabajo y olvidando poco a poco su mansión, su fábrica, su imperio, llegó un hombre de smoking cuyo color era el caqui. El hombre le miró con una ceja encorvada y desafiante, estuvo a punto de gritarle hasta que alguien le defendió. Quien vestía de smoking amenazó con expulsarlo de sus minas de carbón, dio la espalda y se fue, Alberto sintió la necesidad de ser como aquel hombre; sintió dentro de sí como un fuego ardía y le recordaban sentimientos de poderío antiguo. Pensó para sus adentros que era todo una farsedad, un engaño de la mente. 

Frank salió de nuevo de la mina de carbón, después de haber amenazado a uno de sus empleados. No había regresado de la muerte de ninguna manera, no había tenido ningún paro cardíaco, seguía siendo el mismo hombre engreído. Quiero decir, seguía siendo el mismo hombre adinerado y poderoso, pero a su vez el mismo hombre miserable que trabajaba en las minas y se ensuciaba con carbón. No había guerra, no había soldado ni capitan, no habían tinieblas en tal material preciado. Lo único que se puede deducir, es que esclavos y dueño eran el mismo Frank. 

"Los sueños son poesías..."

                                                                                  -José David León Rodríguez- 


    

Articulos relacionados

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...